Soneto XXXIX

Pero olvidé que tus manos satisfacían 
las raíces, regando rosas enmarañadas, 
hasta que florecieron tus huellas digitales 
en la plenaria paz de la naturaleza. 

El azadón y el agua como animales tuyos 
te acompañan, mordiendo y lamiendo la tierra, 
y es así cómo, trabajando, desprendes 
fecundidad, fogosa frescura de claveles. 

Amor y honor de abejas pido para tus manos 
que en la tierra confunden su estirpe transparente, 
y hasta en mi corazón abren su agricultura, 

de tal modo que soy como piedra quemada 
que de pronto, contigo, canta, porque recibe 
el agua de los bosques por tu voz conducida.

Pablo Neruda


Comentarios

Sara O. Durán dijo…
¿Quién pudiera juzgar que no mereciera el Nobel este enorme poeta? Imposible.
Un beso de anís, cielo!!
p.d. Woooow... qué... jajaja

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