¿No te has dado cuenta? II parte

2004: Me encontré de regreso en mi tierra natal, la que es "brava como un león herido y dulce como una canción..."


Había regresado luego de algunos años de radicar en la ciudad blanca, la que me había cambiado por completo. 

Cuando lo social "entra por los ojos", se arraiga en el corazón y no hay puerta de salida.

Pude recorrer las calles ya conocidas y comencé a darme cuenta de la cantidad de personas "invisibles" que hay y de cuya existencia antes no me había percatado. Ceguera, autismo, sordera, parálisis cerebral, paraplejia... discapacidad en sus múltiples manifestaciones.

Un buen día acepté la invitación a la reunión mensual de una asociación de personas con discapacidad. A mi llegada, no pude más que sorprenderme. Era un grupo entusiasta y heterogéneo, de adultos en su mayoría, con discapacidades de todo tipo, principalmente motrices.

A partir de allí me integré durante varios años a sus labores, tuvimos logros pero, principalmente valoro la oportunidad de convivir con ellos, conocer sus expectativas, sus anhelos, sus limitaciones y, darme cuenta, lo ignorantes que somos los ciudadanos "convencionales" que cotidianamente discriminamos u obstaculizamos a las personas con discapacidad.

A la par y, gracias a un contacto que me había proporcionado mi "maestro" y amigo Amílcar, logré conocer a la comunidad de sordos señantes de Chihuahua (los que manejan la Lengua de Señas Mexicana). Sus concurridas reuniones eran inicialmente en una cafetería que les permitía estar las horas necesarias, platicando, conviviendo. Luego se les facilitó un salón en la "Asegurada" (Edificio del IMSS).
Aquello era siempre una fiesta, manos agitándose por cada rincón del salón. Las reuniones, además de convivir, tenían el objetivo de incrementar los conocimientos y el lenguaje (escrito y de signos) de los sordos que acudían, y de uno que otro oyente que nos colábamos.

Al conocerlos a ellos, aprendí a conocerme a mi misma. Lo mismo me sucedió cuando visité a "Eloísa" una chica de 28 años de edad, con cuadraplejia. 


Llegué a su casa, en una de las colonias más alejadas y marginadas de la ciudad, con el objetivo de conocerla, para gestionar un irrisorio apoyo gubernamental. Me recibió su madre.

Caminé a través de esa sencilla casa, hasta llegar a la recamara de Eloísa. La encontré sonriente, postrada en su cama. Los ojos se le humedecieron cuando me acerqué a saludarla.

La mamá me acercó una silla, y comencé a platicar con ambas. Me comentaron del terrible accidente que le había "cortado la vida", de las actividades y los sueños que dejó inconclusos a los 20 años. Me platicaron de su soledad, pues sólo se tenían la una a la otra; la hermana mayor de Eloísa se había ido a los Estados Unidos y cotidianamente les enviaba algunos dólares (su principal ingreso).

La mamá no tenía trabajo "por la edad" y, además, era difícil encontrar un empleo que le permitiera atender a su hija, quien depende totalmente de ella para todas sus funciones básicas.

(Cada hecho, palabra y anécdota que me compartieron esa mañana, provocaba que mi corazón se hiciera cada vez más pequeño, que se secara).

Salí luego de varias horas de charla, me despedí con un suave abrazo, llevándome el imborrable recuerdo de los ojos de Eloísa, de su belleza exterior e interior, de su estoicismo y sus ganas de vivir, de su plegaria a Dios para que las ayudara a continuar viviendo su mundo desde la recámara, porque las circunstancias económicas y sociales le habían negado las adecuaciones, los aparatos, para poder salir.

Porque aunque tuviera una silla o cama especial, no contaban con vehículo propio (menos adaptado). Porque es prácticamente imposible trasladarse en taxi (por la ignorancia de muchos choferes y por el costo). Porque las calles de su colonia no tienen pavimento... porque la discapacidad la hizo invisible.


Han pasado varios años, he tenido la maravillosa oportunidad de conocer a niños, jóvenes y adultos con discapacidad, a sus familias, sus maestros... He podido poner al servicio mis manos, mi voz, en múltiples ocasiones y, favorablemente para fines del blog, tengo muchas anécdotas que contar. Lo haré cotidianamente (si así le parece, estimable lector).

Sin embargo hoy concluyo, deseando que cada uno de nosotros conozca y valore el sentido de su vida. Que goce en el uso pleno de cada una de sus facultades, capacidades. Que nuestros ojos-corazón permanezcan abiertos para ver lo que regularmente es "invisible" y no porque "en cualquier momento nos puede pasar a nosotros o a nuestros cercanos"... sino por humanidad, por sentido común, por amor.


"Que no se nos quede la vida a medias..." vivamos con la misma chispa que hace brillar los ojos dulces de Eloísa.

IMD

*** Por obvio respeto a su identidad, "Eloísa" es un nombre ficticio.

Comentarios

Una historia conmovedora la de Eloísa. Recuerda "hermanita" la vida te enseñarà mucho más, cada momento serà un presente que te hará ser y servir. Ya que el pasado no puede retroceder y el mañana imposible predecir. Te quiero mucho. Sigue asì... con éxitos!!!
Anónimo dijo…
Inconcebible que quienes merecen más la vida, la salud y oportunidades, yacen en la invisibilidad y la indiferencia. Y quienes no merecen nada, sean los que nos mueven a todos los demás como sus títeres. ¿Por qué será que la balanza está tan desbalanceada?

Juan Gil

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